La economía circular frente al cambio climático

La economía circular frente al cambio climático
Descubre qué es la economía circular y cómo puede actuar frente al cambio climático

Frente a la degradación del medio ambiente, el planeta se enfrenta al mayor de los desafíos: su preservación. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la contaminación, los residuos y las emisiones de gases de efecto invernadero, son los aspectos claves sobre los cuales la agenda global pone la lupa para detener la crisis y la amenaza del colapso. Según Naciones Unidas, la degradación ya afecta al 40% de la humanidad, mientras que el Foro Mundial Económico reconoce en su informe de Riesgos anuales de 2021 que los riesgos globales más preocupantes son el cambio climático, las temperaturas extremas y la pérdida de biodiversidad.

El problema no sabe de fronteras y la solución debe ser radical. Por eso, es necesario construir un modelo alternativo y resiliente de desarrollo sostenible, bajo en carbono y en armonía con la naturaleza. Ese modelo tiene un nombre y ya es un horizonte competitivo para países de Europa y China: economía circular.

¿Qué es la economía circular?

La economía circular es un paradigma alternativo que busca modificar de manera sistémica la forma de producción y consumo mediante el flujo constante. Se define como economía circular porque es regenerativa y restaurativa ya que busca extender los ciclos y la vida útil de productos, componentes y materiales, y apuesta por la reutilización de los recursos renovables para que reingresen al sistema productivo. Así, los productos, en cada etapa de su ciclo vital, se convierten en insumos de otra, en un movimiento permanente de reutilización. De esta forma, se reducen los residuos y se extraen menos recursos del planeta.

Un estudio de científicos desarrollado por la ONU estima que en un modelo de economía circular, los desechos industriales y emisiones de algunos sectores (como fabricación de automóviles) se podrían reducir entre un 80 y 99%, con buenas prácticas de retención de valor, ya sea en reutilización, extensión de la vida útil o reparación.

Europa y China son los líderes mundiales en la transición hacia un futuro sustentable, a través del desarrollo y la implementación de estrategias concretas, como la puesta en práctica de transportes sustentables con el apoyo a mercados de nuevos vehículos sin emisiones, la creación de combustibles alternativos, la eficiencia energética o el incentivo a iniciativas de reciclaje. En este último, el Gigante Asiático es un ejemplo porque impulsa la reutilización del cobre, uno de sus principales mercados.

Una economía que se diseña para producir sobre el pilar de la circularidad tiene tres objetivos nodales, de acuerdo la Fundación Ellen Macarthur, pionera en la concientización y promoción de este modelo:

  • Eliminar residuos y contaminación
  • Mantener la vida útil de productos y materiales
  • Regenerar sistemas naturales

La alternativa a una economía lineal de despilfarro y destrucción del medio ambiente

Mientras en la economía circular, los residuos se conciben desde su diseño para ser resilientes y regenerativos, en la economía lineal de extracción, producción, consumo y desperdicio, todo termina en un contenedor. Y el contenedor, en la naturaleza. Las estadísticas de la Unión Europea muestran que sólo el 12 % de los materiales y recursos secundarios que produce la economía europea son reutilizables o renovables. Es decir, de todo aquello que se toma del planeta, muy poco se reintegra.

En la economía lineal, las materias primas se convierten en productos que luego se convierten en desechos, y por tanto se eliminan. Así, los productos manufacturados toman la forma de desechos de herramientas y embalaje; los metales y plásticos, de residuos sólidos; la energía y combustibles, se traducen en emisiones a la atmósfera. Y el agua, que es alimentación, se convierte en agua residual, agua contaminada.

Transformar la basura: las 3R y los ciclos vitales que convierten el desecho en recurso

Reducir, reciclar y reutilizar es la fórmula de las 3R para cuidar el medio ambiente, que compete a ciudadanos, gobiernos, compañías, empresas y organizaciones, de todos los niveles y alcances. Porque las buenas prácticas con el medio ambiente involucran a todos. En ese compromiso, transformar la basura es una de las claves para la revolución ambiental, produciendo energía y creando otros productos útiles. Porque así como las hojas del árbol se convierten en abono para la tierra, la borra del café fertilizante para las plantas del hogar, el material plástico con el que se producen las botellas de agua también puede convertirse en alfombras para automóviles.

En estos últimos años, el sector industrial ha dado muestras de verdaderas innovaciones con empresas modernas y sustentables. Y también muchísimas personas han incorporado las 3R a su vida doméstica, compostan sus residuos orgánicos y utilizan medios de transporte que no tienen impacto en la huella de carbono, como la bicicleta. La preservación del planeta es colectiva.

La economía circular combina ciclos técnicos con ciclos biológicos. En el primero, las materias primas y productos manufacturados se diseñan contemplando una vida útil más extensa. Su valor se crea mediante el intercambio, el mantenimiento, la reutilización y el reciclaje. Por su parte, el ciclo biológico reconoce que después de haber pasado por varios usos, los materiales se reintegran a la naturaleza sin dañarla y de forma segura. Un ejemplo concreto es la tarea que cumplen los recicladores urbanos, sobre todo en países de América Latina, quienes separan plástico y cartón que luego revenden a empresas para ser remanufacturados.

En estos circuitos de desecho, un caso preocupante es el packaging: en Europa, los residuos por envases no paran de crecer, ya que representan 173 kilos por habitante. En proporciones como esa, se torna urgente la utilización de materiales sustentables y reciclables.

En el mundo natural no hay residuos

La basura es un producto y una actividad pura y exclusivamente humana. En las leyes de la ecología no existen los desechos porque no hay un “afuera” adonde llevar los materiales que ya no se utilizan. ¿Qué pasa entonces con ese kilo de basura que produce una persona que vive en un país de América Latina, por ejemplo? Va hacia ese “afuera”: el medio ambiente. Los crecimientos demográficos, los procesos de industrialización, el avance tecnológico han colaborado en detrimento de una relación consciente y equilibrada con el medio ambiente, hasta el punto de quedar replegado como un ente externo a la vida social.

Por ese motivo se torna urgente una gestión de residuos como cuestión ambiental pero también sanitaria y económica. La basura contamina y es perjudicial no sólo para el planeta, también para la salud de los individuos. En este marco, es necesario que las personas dejen de verse como consumidoras y pasen a pensarse como ciudadanas, responsables de proteger el único lugar que tenemos: la tierra.

Los europeos generan 335 mil millones de toneladas de residuos de plásticos pero menos del 10% se recicla. Esto, como revela un informe de Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial, tiene efectos colaterales en el ecosistema y pérdidas económicas importantes, porque del reciclaje y la recuperación de la energia sólo se aprovecha el 5% del valor original. Una mala gestión de residuos sólidos provoca impactos en la atmósfera, la hidrosfera, los suelos, el paisaje, la biosfera y en las áreas urbanas, con realidades alarmantes como el inminente calentamiento global.

En América Latina, una de las regiones más desiguales y con los peores índices de distribución de la riqueza, se calcula que un paradigma de economía circular podría generar más de 4.000.000 de puestos de empleo nuevos y sustentables.

Por otro lado, las estadísticas reflejan que hasta el 80% del impacto medio ambiental de los productos se determina al momento de su diseño, es decir, de su cadena de valor: cómo se lo concibe, con qué fin, con cuántas etapas. Tomando esa cifra como punto de partida, las administraciones de todo los países reconocen que es posible transformar la producción si se aúnan esfuerzos y acciones en conjunto.

Para eso, hay que dejar atrás el paradigma de la obsolescencia prematura, como ocurre con los residuos de aparatos electrónicos. En este sector, al menos en la Unión Europea, no se alcanza ni el 40% de reutilización, pese a que dos de cada tres europeos aceptaría continuar con el mismo dispositivo digital si su rendimiento se adapta a los avances tecnológicos. Está claro: el crecimiento económico no puede continuar asociado al uso de recursos.

Repensar y actuar: Plan Verde

En este contexto, es clave repensar la forma en la que se fabrican los productos industriales. En el continente europeo, desde el año 2019, está en marcha el Pacto Verde que entre sus objetivos tiene la reducción en un 55% las emisiones de gases para el año 2030. Este plan propone convertir a Europa en el primer continente neutro con un mayor uso de las energías renovables en detrimento de la producción de carbón, petróleo y gas que cada año libera miles de millones de toneladas de Dióxido de Carbono (CO2), el gas más implicado en el calentamiento global. Se estima que un 55% de las emisiones de gases por efecto invernadero proviene del sector energético a través de la quema de combustibles fósiles, mientras que el resto proviene de la fabricación de productos y alimentos.

Otra de las estrategias del Pacto Verde es la ampliación de la tarificación europea del carbono para más sectores, así como la extensión de impuestos sobre la energía en consonancia con los objetivos climáticos, entre otras propuestas que buscan facilitar la transición hacia un desarrollo sustentable.

El transporte de carretera en la mira

De acuerdo a la Unión Europea, en el año 2019 el transporte era responsable de una cuarta parte de las emisiones de CO2, además de que se trata del único sector en el que las emisiones de gases de efecto invernadero aumentaron entre 1990 y 2019. Frente a ese panorama y en vistas de que las estimaciones no coinciden con los objetivos del Plan Verde, el Parlamento Europeo busca decrecer la huella de carbono en el transporte y prohibió la venta de automóviles con motor de combustión a partir de 2035, La tendencia del mercado indica que son los coches eléctricos los más elegidos por los usuarios para este reemplazo: desde 2017 sus ventas se han disparado y en 2020 se han triplicado. Como incentivo a la producción de este tipo de automóviles, se eliminan los beneficios fiscales para los combustibles fósiles, entre otras medidas.

Ser parte del cambio: la oportunidad de sacar provecho de lo que hay

Los mercados no son ajenos a las demandas socioambientales y cada vez más los consumidores tienden a elegir marcas que implementan cadenas de suministros responsables. En este sentido, un estudio de Accenture arroja que si se adopta la economía circular como herramienta productiva esto significaría un crecimiento de 4, 5 billones de dólares. ¿Cómo? Haciendo de los residuos, recursos. De este modo, se producen ahorros significativos en las materias primas reutilizadas, se reducen los costos de producción, crece la reputación de la empresa al ser valorada como una compañía sustentable y aumenta su competitividad.

En este marco, los bancos apoyan la transición a una economía sustentable, brindando apoyo financiero a aquellas empresas que apuestan por emisiones cero y reciclaje, en sintonía con el Acuerdo de París que otorgó un lugar central al rol de las empresas de financiamiento para atenuar el impacto ambiental. Un caso concreto lo representa el Banco Santander que en 2030 dejará de financiar a los productores de energía que tengan más de un 10% de sus ingresos provenientes del carbón. Aunque lento, el ritmo hacia una economía verde también asegura la estabilidad financiera en la medida que estas empresas deciden financiar proyectos inteligentes, creativos y en armonía con el medio ambiente.

Hacia una nueva ética del siglo XXI

En la actualidad, no hay ningún país en el mundo que tenga menos de un 70% de incidencia de los combustibles fósiles en su matriz. Por ese motivo, la implementación de un modelo de energías renovables es el desafío que ocupa a las agendas globales en la crisis climática y ambiental. En este sentido, un desarrollo sustentable y una economía circular implica una transición hacia nuevos patrones de consumo y de producción. Pero esa transición energética sólo puede entenderse en términos éticos porque la raíz del problema no es tecnológica sino socio-ambiental. El problema es también filosófico porque radica, ni más ni menos, en la relación desigual y anómala que la humanidad tiene con la naturaleza.

Una ética consciente, audaz y sustentable para el presente y el futuro del medio ambiente supone asumir deberes y responsabilidades en relación al ecosistema. Para ello, se deben implementar estrategias mancomunadas de todos los países y sus ciudadanos, desarrollar acciones concretas para reducir el impacto ambiental, y ofrecer beneficios y acuerdos fiscales para empresas, compañías y organizaciones que motoricen el camino hacia una nueva revolución industrial de tecnologías innovadoras y renovables, capaz de mirar los errores del pasado y planificar de manera eficiente para construir un planeta verde, seguro, inclusivo y sustentable.

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